El auto de Perón que fue destruido por una bomba

Al lado de los autos lujosos que Perón disfrutó en sus años de gloria, el Opel Olympia Rekord de origen alemán era apenas un “Carrito”, como lo llamaban. La historia del atentado en Caracas.

El 25 de mayo de 1957 estalló por los aires de Caracas el automóvil que el exiliado expresidente Juan Domingo Perón había utilizado como fiel compañero de ruta en su exilio por Latinoamérica. El vehículo, fabricado por la Opel de Alemania con un diseño muy similar al famoso Chevrolet 1951 de la General Motors, terminó destruido por una bomba pero sin que el objetivo número uno del ataque, el líder y fundador del movimiento justicialista, se encontrara en su interior.
El auto de Perón en sus primeros años de exilio fue a parar al desguace después de aquel ataque, pero hasta entonces fue un constante protagonista de los avatares que el depuesto presidente vivió desde que llegó a Panamá, meses después de su derrocamiento y luego de su paso por Paraguay.
El modesto Opel Olympia Rekord, un sedán de concepto europeo con un pequeño motor de cuatro cilindros de 1.500 centímetros cúbicos y 40 caballos, estaba muy lejos de las prestaciones y el confort que proporcionaban a su dueño el Cadillac presidencial o cualquiera de los demás automóviles que fueron utilizados por Perón durante sus años en el poder.
El general había manejado máquinas de ensueño como la Ferrari 212 amarilla y negra que compró en 1952 o el Packard de 8 cilindros en línea modelo 1939, con el que emprendía giras por la provincia de Buenos Aires, pero después de los tiempos de opulencia y ya expatriado, el líder tenía que sobrevivir con ahorros y gracias al aporte de empresarios favorecidos durante su gobierno, como fue el caso de Jorge Antonio.
Gracias a los favores de sus leales y a sus contactos con el poder de los países donde tuvo oportunidad de residir, Perón se las arregló para mantener una vida acomodada y adquirió el simpático sedán “tudor” de origen germano. Fue a bordo de este Opel que, aún radicado en Panamá, sedujo a la bailarina María Estela Martínez, estrella de vodevil que logró conquistar al general en aquellos meses agitados de 1956, cuando el expresidente viajaba asiduamente desde su residencia en el hotel Washington, en la ciudad de Colón, hasta la capital panameña en busca de esparcimiento.
Tantas veces fue visto Perón en su Opel (siempre conducido por su chofer de confianza, Isaac Gilaberte), que los panameños bautizaron al auto con el apodo de “El Carrito”. Así lo destaca en una reciente nota de investigación el periodista Pablo Joaquín Rossi, quien publicó su trabajo en el portal especializado Autoblog, con motivo de haberse conmemorado hace pocos días un aniversario más del 17 de octubre de 1945, fecha fundacional del peronismo.

La estadía de Perón en territorio panameño duró pocos meses más. A fines de 1956 el país centroamericano sería sede de una cumbre de presidentes latinoamericanos, razón por la cual el Gobierno argentino exigió que el expresidente derrocado fuera deportado. Sólo así el encuentro de jefes de Estado tendría entre sus participantes al entonces morador de la Casa Rosada, el general Pedro Eugenio Aramburu.
Negociaciones políticas mediante, Venezuela accedió a recibir a Perón y a su flamante pareja, “Isabelita”. El país bolivariano estaba gobernado por el dictador Pérez Giménez, con quien el exjefe de Estado argentino mantenía diferencias ideológicas que sin embargo no le impidieron continuar con su proyecto político de conducir el justicialismo a larga distancia, por intermedio de dirigentes que permanecían en Buenos Aires y recibían sus instrucciones.
Lo cierto es que a mediados de agosto de 1956, pocas semanas después de la llegada de su dueño, a bordo del buque “Américo Vespucio” arribó al puerto de Caracas el Opel Olympia Rekord conocido como “El Carrito”. El encargado de trasladar el vehículo fue el chofer Gilaberte, quien tras cumplir con los requisitos aduaneros se puso nuevamente a disposición de Perón.
Así pasaron los meses y a principios de 1957 el general recibió en su residencia venezolana a un supuesto militante perseguido. Se trataba de un espía enviado por el Gobierno argentino que había logrado infiltrarse en el entorno del expresidente con el objetivo de asesinarlo. Su nombre ficticio era Carlos Maggi, pero no era otro que el sargento primero Sorolla, miembro de la unidad de inteligencia comandada por un viejo enemigo de Perón, el coronel Héctor Cabanillas.
Cabanillas y Sorolla habían sido los encargados de secuestrar y ocultar el cuerpo de Eva Duarte tras la caída del gobierno peronista en 1955. El jefe de inteligencia era un acérrimo antiperonista que intentó eliminar al líder del justicialismo en varias oportunidades sin éxito, por lo que se aprestaba a ensayar un nuevo ataque en 1957, con la ayuda del fiel Sorolla y un instrumento que conecta a esta historia con el mundo de los autos: el pequeño Opel de dos puertas sería convertido en un coche bomba para darle muerte al enemigo número uno de la llamada “Revolución Libertadora”.

¿Cómo lo harían? Generando la idea de que Sorolla era un militante peronista perseguido por la dictadura argentina, para lo cual se fraguó un supuesto encarcelamiento del cual este falso discípulo del general escaparía, lo que dio lugar a numerosos comentarios sobre el “valiente” prófugo que había logrado burlar los férreos dispositivos de vigilancia de la “Libertadora”.
Así fue como un buen día de 1957 llegó hasta la casa de Perón el tal Maggi. El expresidente lo acogió y lo envió a trabajar como mecánico en las dependencias de servicio, junto al chofer Gilaberte. El nivel de confianza que había inspirado Sorolla en Perón era de tanta profundidad que los historiadores cuentan sobre caminatas a solas de este sargento camuflado como activista junto al líder, portando una pistola calibre 45 para “protegerlo”.

Se acercaba el 25 de mayo y Juan Domingo Perón anunció que celebraría la fecha patria en su exilio, junto a comensales de distintos ámbitos. Entre ellos, diplomáticos venezolanos que fueron invitados a último momento. Es por eso que aquella mañana del aniversario de la Revolución de Mayo de 1810 el atentado tan milimétricamente pergeñado por Cabanillas fracasó.
Sorolla, que como ya sabemos hacía las veces de mecánico, anunció que debía viajar de urgencia a Argentina por el delicado estado de salud de su madre, pero antes avisó a Gilaberte que haría un afinado al Opel. Pasó el día anterior trabajando en el motor del auto, que de esa manera recibió una carga de dinamita suficiente para matar a sus ocupantes.
Mientras el avión que llevaba a Sorolla partía de Caracas, el chofer sacó el auto para cumplir con un mandado que no era parte del rito cotidiano. Perón, en vez de hacer su paseo matinal por la ciudad, decidió no salir de la casa y envió a Gilaberte a comprar más asado para el festín del mediodía, dado que se habían agregado más personas al almuerzo.

Ese día, minutos antes de las siete de la mañana, el chofer salió en el Opel. Luego de un tramo de aproximadamente 10 minutos, llegó al mercado para ser uno de los primeros clientes en ingresar a la carnicería y bajó del auto. Se había alejado unos 20 metros cuando el dispositivo instalado por Sorolla estalló.
La bomba – según los expertos – estaba mal colocada y buena parte de su poder expansivo fue absorbido por el motor, que si bien fue eyectado de su compartimiento impidió que el resto del Opel fuera destruido, como previó originalmente el cerebro de la conspiración. Un par de vidrios rozaron la cara de Gilaberte y, según el diario venezolano “El Nacional”, las principales víctimas del atentado fueron las 84 ventanas rotas por la explosión en los edificios linderos.
Perón se enteró más tarde y no se mostró afectado por la noticia. De hecho, siguió con sus planes y celebró el 25 de mayo tal como estaba previsto. Mientras tanto, en su oficina porteña, el coronel Cabanillas se lamentaba de no haber podido ofrendar a la “Libertadora” la cabeza del “tirano prófugo” para festejar el día patrio a lo grande.
Años después, en 1971, el mismo Cabanillas tendría oportunidad de encontrarse cara a cara con Perón. Fue en España, en la residencia “Puerta de Hierro”, donde hubo de entregar el cadáver de Eva en el marco de una negociación pacificadora iniciada por el entonces presidente de facto, Alejandro Agustín Lanusse.
¿El Opel Olympia?, se transformó en un mal recuerdo para el general y sus acólitos. Destruido por los explosivos, fue descartado como chatarra y de él sólo quedan viejas fotografías de la época. Entre ellas, el instante posterior a la detonación que hizo volar su motor. Allí puede observarse que de haber estado Perón en el asiento delantero, como se esperaba, es posible que sus enemigos hubieran logrado el objetivo de asesinarlo.

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